La muchacha pálida

La muchacha pálida — Raúl Solís

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Nadie quiere amor auténtico, odio auténtico. Nadie quiere que metas la mano en sus sagradas entrañas…
Henry Miller

Aquella mañana había discutido de nuevo con Amalia. Tuvimos una gran pelea por alguna estupidez. Creo que estábamos borrachos todavía de la noche anterior. Nos gritamos tantas cosas que no recuerdo de lo que se trataba. Sólo sé que parecía algo serio. Una cosa llevó a la otra y yo terminé en la calle. No sabía qué hacer o adónde ir. Así que caminé sin rumbo.

    Era invierno al mediodía, y aunque el viento estaba helado, el sol era intenso. De algún modo terminé en un pequeño parque. Me detuve, con la resaca a cuestas, para sentarme en una banca bajo un gran árbol. Necesitaba descansar, reordenar mis pensamientos, mirar el conflicto que tuve con Amalia desde otro ángulo para entender lo que había sucedido. Tal vez lo mejor sería terminar, me dije. Nuestras riñas eran cada vez más violentas y frecuentes.

    Luego de un rato alguien se detuvo frente a mí.

    —¿Samuel? —preguntó.

    Era una muchacha delgada, pálida, con el pelo y las ropas descoloridas. Todo en ella parecía indicar un terrible abandono. Levanté pesadamente la mirada; tenía dolor de cabeza y los ojos irritados. La miré un segundo pero me bastó para comprender que dentro de ella había un gran vacío. Tal vez era la ausencia de cordura. O tal vez era que en realidad le faltaba algo. Se veía tan frágil en ese momento. Supuse que si me negaba a ser Samuel podría romperse allí mismo o ponerse histérica. O probablemente no habría pasado nada y ella hubiera seguido su camino.

    —Eso creo —respondí.

    Sonrió.

    —¡Samuel! ¡Te he buscado desde hace mucho! —dijo.

    Se sentó a mi lado y me tomó de la mano. Estaba fría, igual que yo.

    —No puedo imaginármelo —respondí.

    Se sentía tan feliz por haberme encontrado que no podía dejar de llevarse la mano a la cara para reprimir alguna sonrisa nerviosa. Entonces me contó parte de su historia, cómo me había ido sin decirle adiós una tarde de hace tiempo. Desde entonces me había buscado por todos lados. Lo curioso es que, mientras hablaba, me sentí un miserable a pesar de no haber cometido yo nada de lo que me decía. Fue absurdo pero no pude evitarlo.

    —¿Por qué te fuiste sin decirme nada? —dijo.

    —No lo sé. Tal vez porque estoy loco, supongo.

    Eso tenía que ser. No había otra explicación.

    Rió. Pero aquella no fue sino una risa de amargura, como si mi explicación fuera lo suficientemente lógica para justificar tal acto, o como si nunca hubiera pensado en eso. Sus manos delgadas temblaron. Se quedó callada un buen rato, mirando hacia algún punto lejano. Yo aproveché ese tiempo para observarla detenidamente.

    Sus ojos eran de un color azul pálido, opacos, tristes. Su pelo era rubio, algo cenizo. Lo tenía revuelto, como si acabara de levantarse de la cama. A través de la piel de las manos podían vérsele algunas venas de color verde. Su gesto era duro, sombrío; su nariz, delgada, respingada. Sus labios eran apenas una línea en su cara, sin color, pero parecían suaves y cálidos. No era precisamente guapa pero había algo en ella que me fascinó. Yo no parecía ser su tipo de hombre. Por lo regular mujeres así ni siquiera volteaban a verme. Y yo las despreciaba por eso.

    Contemplarla me hizo olvidar mis malestares por un momento. Esa muchacha estaba ofreciéndome la posibilidad de ser otro, de olvidar mis problemas para empezar de nuevo y hacer bien las cosas. No podía desaprovecharla. En cambio, si pensaba en Amalia, nuestra historia era tan larga y complicada que parecía imposible solucionar nuestro verdadero conflicto: éramos profundamente diferentes. Quizá demasiado. ¡Dios mío! ¿Por qué comprendía eso hasta apenas?

    Me levanté de la banca y la invité a caminar. La idea le encantó. Yo necesitaba hacerlo porque estaba a punto de congelarme allí sentado. Dimos algunas vueltas en el parque.

    Ella volvía una y otra vez al mismo tema, insistiendo con la misma pregunta: ¿Por qué la había abandonado?

    —¿Es que ya no me amas?

    Hizo esa pregunta con voz apenas audible. Yo no dije nada. Me limité a caminar con la cabeza baja. Luego me detuve. La miré nuevamente y me pregunté cómo podría alguien no amarla. Ella me miró con insistencia hasta que se le humedecieron los ojos. Parecía suplicarme una respuesta. Esa pregunta la atormentaba desde hacía tanto.

    —Perdóname —dije secándole una lágrima.

    No era lo que esperaba pero sirvió para tranquilizarla un poco. Al menos no volvió a insistir en el tema.

    El verdadero Samuel debió darse cuenta en seguida de su locura y eso lo habría asustado. No estaba listo para ella. Así que se largó en cuanto pudo. Su pérdida debió haberla destrozado, acentuando su locura a tal grado de reconocer a Samuel en mí. Ahora que lo pienso, pudo haber sido cualquiera. Lo más probable es que en realidad ni siquiera lo recordara ya.

    —Estoy cansado —agregué.

    —¿Quieres venir a casa a tomar algo?

    Necesitaba un trago cuanto antes. También necesitaba sacudirme de encima el cansancio. Los malestares de la resaca me habían regresado haciéndose cada vez más molestos.

    Nos dirigimos hacia la avenida, luego doblamos en una esquina, tres calles después, hasta un pequeño portón de madera carcomida. Entramos.

    Su casa estaba…

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